Resguardando nuestra historia
Publicado el: Mon, 05 Jan 2026 04:00:00 +0000
El 5 de enero de 1926 quedó grabado para siempre en la historia de Pichilemu. Ese día, entre banderas, petardos, fanfarrias y la expectación de vecinos llegados desde los rincones más apartados de la comuna, el primer tren de pasajeros arribó oficialmente al balneario, sellando el término de una obra largamente esperada y soñada durante más de seis décadas. Con el arribo de la locomotora, vino el ingreso definitivo de Pichilemu a la red nacional, al progreso y a una nueva etapa de su desarrollo histórico, social y económico.
Hasta bien entrado el siglo XX, llegar a Pichilemu era una verdadera odisea. Desde Palmilla o Alcones, según avanzaba la construcción del ramal desde San Fernando, los viajeros debían continuar en coches o carretas, enfrentando caminos polvorientos en verano y prácticamente intransitables en invierno. Las lluvias cortaban rutas, los esteros crecían y la costa quedaba aislada durante semanas. Esta situación afectaba directamente al desarrollo de la localidad y de la nueva comuna. La Municipalidad de Pichilemu lo expresaba con claridad en un oficio enviado al Ministerio de Obras Públicas en 1896: “En la situación actual el ferrocarril de San Fernando a Alcones no produce las ventajas que está llamado a proporcionar… principalmente porque las cargas tienen que sufrir un recargo muy considerable de flete”. La solución parecía evidente: llevar el tren hasta la costa, rompiendo ese aislamiento, conectando a la comuna con San Fernando, Santiago y el resto del país, transformando para siempre la relación de Pichilemu con su futuro.
La historia del ferrocarril a Pichilemu no comenzó en 1926. Sus orígenes se remontan al siglo XIX, cuando el ferrocarril llegó a San Fernando en 1862 y rápidamente surgieron propuestas para prolongarlo hacia la costa. Ingenieros, parlamentarios y autoridades debatieron durante décadas diversos trazados: desde proyectos que buscaban unir Palmilla con Matanzas, hasta rutas que pretendían atravesar Nilahue o Peralillo. Enrique Meiggs, uno de los grandes ingenieros del siglo XIX, ya había sugerido la conveniencia estratégica de unir el interior agrícola de Colchagua con el mar. Muchas de estas iniciativas quedaron en el papel, otras se perdieron incluso en el incendio del Congreso Nacional de 1895, como fue el plan del ingeniero Guillermo Bobilier, retrasando aún más una obra que parecía no concretarse nunca.
La construcción efectiva del ramal costero estuvo marcada por enormes dificultades técnicas y humanas. Romper la dura piedra de la Cordillera de la Costa, levantar terraplenes sobre profundas quebradas y abrir túneles en condiciones extremas exigió un esfuerzo titánico. Miles de obreros, muchos de ellos reclutados desde el sur del país y conocidos como carrilanos, trabajaron en faenas durísimas, enfrentando accidentes, enfermedades y la precariedad propia de la época.
Entre todas las obras del ramal, el Túnel El Árbol se convirtió en su símbolo mayor. Con casi dos kilómetros de longitud, fue el túnel ferroviario más largo de Chile y Sudamérica en su tiempo. Iniciado en 1900 y terminado en 1904, su construcción requirió cálculos de gran precisión: cuando las cuadrillas que trabajaban desde ambos extremos se encontraron en el centro del cerro, la diferencia fue de apenas centímetros, una proeza para la ingeniería de comienzos del siglo XX. Este túnel no solo permitió el avance definitivo del tren hacia la costa, sino que se transformó en un hito patrimonial, reconocido décadas después como Monumento Nacional, al igual que estaciones, puentes y estructuras asociadas al ramal.

El tren no puede entenderse sin la figura de Agustín Ross Edwards. Empresario visionario y principal impulsor del desarrollo de Pichilemu como balneario, tras el fracaso de su proyecto portuario, Ross comprendió que sin conectividad no habría turismo ni progreso sostenible. Utilizó su influencia política, económica y mediática para promover los estudios, apoyar los proyectos y mantener viva la idea del ferrocarril, convencido de que esta obra era clave para el futuro de la ciudad.
Si bien el 5 de enero de 1926 marca la llegada oficial del tren a la localidad de Pichilemu, el ferrocarril había arribado a la comuna —entendida entonces como unidad político-administrativa— mucho antes. Desde la década de 1880, la vía férrea fue avanzando progresivamente hasta las estaciones de Población (hoy comuna de Peralillo), Marchigüe, Alcones y Cardonal —estas tres últimas pertenecientes a la actual comuna de Marchigüe—, para luego alcanzar El Lingue y, finalmente, Larraín Alcalde, antesala inmediata del balneario, pasando antes por los túneles El Árbol, La Viña y El Quillay.

La llegada del tren el 5 de enero de 1926 fue celebrada como un verdadero acontecimiento histórico. La locomotora, adornada con banderas, avanzó entre estaciones donde se sumaban más adornos y pasajeros. Al llegar a Pichilemu, el estruendo de los petardos y el entusiasmo popular acompañaron el arribo del convoy, recibido por autoridades, vecinos, comerciantes y trabajadores que veían en ese momento el inicio de una nueva etapa de prosperidad. “Su intensa fumarola era rota por los vientos que cruzan Las Vegas… un pitazo ensordecedor sumado al ruido de petardos quebró el silencioso pastar de animales costinos”, escribía Don Antonio de Petrel en 1986. En El Mercurio se escribió: “En la población de Pichilemu se ostentaban numerosos edificios embanderados y un crecido número de personas aguardaba en la estación la llegada del tren”.
Durante décadas, el tren fue parte esencial de la vida pichilemina. Transportó pasajeros, productos agrícolas, sal, pescado y materiales de construcción. Permitió que comerciantes viajaran, que estudiantes se trasladaran y que familias completas conocieran la costa. Los domingos, especialmente en verano, los trenes excursionistas llegaban repletos de visitantes que bajaban con canastos, meriendas y ganas de disfrutar del mar. El turismo en Pichilemu dejó de ser exclusivo y se volvió popular.
Junto al tren surgieron oficios ligados a la estación: corteros, cargadores, personal ferroviario y comerciantes que vivían del movimiento constante de pasajeros. La estación se convirtió en un punto de encuentro social, un espacio donde se cruzaban historias, despedidas y reencuentros.
Con el paso del tiempo, el auge del transporte carretero y las decisiones del gobierno central, especialmente aquellas del régimen militar del general Pinochet, fueron debilitando el servicio ferroviario. En marzo de 1986, el tren de pasajeros dejó de llegar a Pichilemu, marcando el fin de una era. Muchas estaciones fueron abandonadas o desmanteladas, y el ramal quedó en silencio.
Sin embargo, la estación de Pichilemu logró sobrevivir gracias a la acción de vecinos y gestores culturales que impulsaron su declaratoria como Monumento Histórico. Tras un incendio y un proceso de restauración, el edificio se transformó en Casa de la Cultura y oficina de turismo, manteniendo viva la memoria ferroviaria.

A un siglo de la llegada del tren, Pichilemu recuerda no solo una obra de infraestructura, sino una historia de esfuerzo colectivo, visión de futuro y profundo impacto social. El ferrocarril fue un símbolo de integración territorial, de modernidad y de esperanza.
Hoy, cuando se habla de conectividad, descentralización y desarrollo equilibrado, la historia del tren a Pichilemu vuelve a cobrar sentido. Recordar estos cien años es reconocer a los carrilanos, a los vecinos, a los soñadores y a quienes entendieron que el progreso solo es verdadero cuando llega a todos los territorios.
El tren ya no llega a la estación, pero su huella sigue marcando la identidad de Pichilemu y su gente. Y en esa memoria, el silbato de la locomotora aún resuena, recordándonos que hubo un tiempo en que el futuro llegó por rieles hasta la laguna Petrel, muy cerca de la orilla del mar.

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Publicado el: Tue, 16 Dec 2025 04:46:00 +0000
Este 16 de diciembre se cumplen 40 años desde la inauguración del actual Hospital de Pichilemu, un hito marcado por el fuerte despliegue propagandístico del régimen militar de Augusto Pinochet, pero también por una larga historia comunitaria que había comenzado más de medio siglo antes, con esfuerzos locales por dotar a la ciudad de infraestructura sanitaria básica.
La historia de la atención de salud en Pichilemu se remonta al 10 de febrero de 1929, cuando se creó el Dispensario San Rafael, el primer centro asistencial de la comuna. Funcionaba en una casa ubicada junto a la viceparroquia, en calle Dionisio Acevedo con Bernardo O’Higgins, gracias a la iniciativa del doctor Eugenio Díaz Lira y del presbítero José Miguel Camilo Aguilar. La administración fue entregada al alcalde Ramón Araneda y el equipo inicial estuvo compuesto por la matrona Aurora Salinas Pérez y la practicante Enriqueta Carvacho.
Posteriormente, en 1940 se inauguró la Casa de Socorros, transformada luego en el Hospital de Pichilemu. Su primer director fue el doctor Basilio Sánchez Beguiristáin, figura fundamental en la historia sanitaria local. Llegado a la comuna en 1933, Sánchez dirigió el dispensario, la casa de socorros y el hospital hasta 1977, año en que fue nombrado Hijo Ilustre de Pichilemu. También ejerció como alcalde entre 1960 y 1963.
La década de 1980 estuvo marcada por la intención del régimen militar de consolidar proyectos sanitarios en regiones, en el marco de su política de “descentralización”. El Ministerio de Salud, encabezado por el doctor Winston Chinchón, anunció reiteradamente la construcción de nuevos hospitales, entre ellos el de Pichilemu.
El 9 de febrero de 1985, La Nación titulaba que el “Hospital de Pichilemu empieza a ser realidad”, informando de la colocación de la primera piedra. En la nota se detallaba que el recinto tendría 30 camas, destinadas a cirugía, medicina, pediatría y obstetricia, con una inversión “superior a los 60 millones de pesos”. El ministro Chinchón afirmaba que la obra beneficiaría directamente a Litueche, Navidad, Paredones y La Estrella.
Ese mismo mes, el secretario de Estado profundizaba en la política de infraestructura sanitaria regional, anunciando recursos del Banco Interamericano de Desarrollo para obras en diversas zonas del país. En su visita a la provincia Cardenal Caro, supervisó avances, inauguró el consultorio de Lolol y destacó que se estaba “poniendo en marcha” la construcción del Hospital de Pichilemu, en coordinación con autoridades locales y regionales.


El 16 de diciembre de 1985, el general Augusto Pinochet, junto a la primera dama Lucía Hiriart, el ministro de Salud Winston Chinchón, el Secretario General de Gobierno, Francisco Javier Cuadra, así como el director de Organizaciones Civiles, teniente coronel Hernán Núñez, encabezó la ceremonia oficial de inauguración del nuevo recinto asistencial. La cobertura del diario La Nación del 17 de diciembre fue especialmente amplia.
Winston Chinchón destacó lo que calificó como la “constante preocupación del Gobierno por los derechos humanos”, afirmando que estos se expresaban en “las necesidades básicas y fundamentales de asistencia sanitaria”. Según su discurso, “muy pocos perciben el enorme esfuerzo que ha realizado el Supremo Gobierno en favor de los sectores sociales”, destacando alfabetización, programas de vivienda, urbanismo, agua potable y saneamiento como parte de una supuesta agenda de derechos sociales.
También afirmó que la construcción del hospital se debió directamente a la iniciativa presidencial: “La ejecución de la obra correspondió a una orden y a la iniciativa del Presidente de la República”, dijo, subrayando que la instrucción personal de Pinochet permitió obtener los recursos necesarios.
El hospital inaugurado tenía 1.203 m² construidos, capacidad para 30 camas y una inversión total cifrada en 74,09 millones de pesos, según el propio Ministerio de Salud. El financiamiento se repartió entre fondos del Fondo Nacional de Desarrollo Regional (FNDR), que aportó 13,25 millones, y recursos ministeriales.
En la misma edición de La Nación, se destacó que durante su paso por Pichilemu, Pinochet anunció la creación del “Hogar de la Mujer Campesina”, un anuncio que —según la crónica— fue “aplaudido largamente”.

A pesar de presentarse como una obra moderna, el hospital quedó pequeño para la demanda real. Con el crecimiento de Pichilemu, especialmente como destino turístico, el recinto comenzó a evidenciar limitaciones en capacidad, equipamiento y ubicación. Hoy, con 40 años de uso continuo, el hospital ya no responde a los estándares de atención requeridos por una población que se ha multiplicado varias veces desde 1985.
Actualmente, el recinto inaugurado en 1985 se encuentra próximo a ser reemplazado por un hospital completamente nuevo, cuya construcción —según el Ministerio de Obras Públicas y el Servicio de Salud O’Higgins— comenzará en el segundo semestre de este año bajo el proyecto Red O’Higgins.
El futuro hospital tendrá 12.267 m², 27 camas, 2 pabellones, 33 boxes y una nueva unidad de emergencia. Se proyecta para atender a más de 70.000 personas de toda la provincia Cardenal Caro, además de Pichidegua, y su puesta en servicio provisoria está programada para el 31 de marzo de 2028.
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Publicado el: Thu, 04 Dec 2025 05:01:10 +0000
Este sábado, Pichilemu conmemorará uno de los hitos más significativos de su vida comunitaria: el 80° aniversario del Cuerpo de Bomberos, institución que desde 1945 ha sido sinónimo de sacrificio, disciplina, solidaridad y entrega. Ocho décadas después de su fundación, la historia de los bomberos pichileminos se entrelaza con el desarrollo mismo de la comuna, sus tragedias, sus logros y la construcción de un sentido de identidad local que ha perdurado en el tiempo. Pero para entender esta celebración, es necesario viajar a los orígenes, a la noche que lo cambió todo.
El 30 de noviembre de 1945, Pichilemu celebraba la coronación de la reina de las fiestas primaverales en el teatro Royal. El ambiente era festivo: vecinos, turistas y familias completas asistían a un espectáculo donde incluso se había presentado un sketch humorístico protagonizado por un bombero.
Concluida la velada, mientras el público abandonaba el teatro, comenzó a circular un rumor desconcertante: la casa de la joven coronada, Margarita Espinoza Moreno, estaba ardiendo. Algunos dudaron. Era posible que se tratara de una broma de mal gusto, especialmente después de la presentación teatral de esa misma noche.
Pero el siniestro era real.
Las llamas se habían iniciado en el almacén La Ligua, de los hermanos Catalán, ubicado en calle Aníbal Pinto. El fuego avanzó con violencia hacia la quinta Las Brisas y otras construcciones cercanas. Los vecinos, sin más recursos que baldes, palas y una enorme determinación, se organizaron espontáneamente para combatir el incendio. Tras horas de trabajo, el fuego fue controlado, aunque al día siguiente aún ardían maderas y mercaderías entre los escombros.
Esa noche dejó una profunda enseñanza: Pichilemu necesitaba un cuerpo de bomberos.

Cuatro días después, el alcalde Armando Caroca Rojas convocó a una reunión histórica en la oficina del secretario municipal, Carlos Rojas Pavez. Allí, bajo la presidencia del subdelegado Pedro Avendaño Carrillo, un grupo de vecinos decidió fundar el Cuerpo de Bomberos de Pichilemu.
Entre ellos estaban figuras emblemáticas de la comunidad: Víctor Orellana, Manuel y Lino Vargas, Óscar Jara, Manuel Córdova Morales, Augusto Montalva, Alfonso Pérez, Raimundo Cabrera, Modesto Carreño, Carlos Echazarreta Larraín, Gustavo Ureta, entre muchos otros.
El acta fundacional fijó tres acuerdos esenciales: constituirse en cuerpo de voluntarios para proteger vidas y propiedades; adoptar la organización de los cuerpos existentes en el país; crear una Primera Compañía bajo el lema “Abnegación y Disciplina”.
El primer directorio quedó encabezado por Óscar Jara como director y Teobaldo Liberona como capitán. Como superintendente honorario fue designado el alcalde Caroca Rojas.

Las primeras décadas fueron una lucha permanente contra la carencia de recursos.
Los bomberos enfrentaban incendios sin carros bomba, sin mangueras adecuadas y utilizando agua de norias o grifos cuando existían. Su capacidad operativa dependía casi exclusivamente de la voluntad y el esfuerzo físico de sus voluntarios.
En 1951, la institución reunió dinero—entre cuotas y donaciones—para confeccionar las primeras casacas rojas. Los pantalones blancos y zapatos negros debieron comprarlos los propios voluntarios. Las hachas para demoliciones fueron adquiridas con enormes sacrificios económicos.
En 1956 llegó uno de los avances más simbólicos: la primera sirena, encargada en Alemania, que se instaló en calle Aníbal Pinto y cuya voz potente marcó por décadas las emergencias y el tradicional toque de mediodía.
Construir un cuartel fue un desafío que acompañó a los bomberos durante años. En 1952 se adquirió un terreno en Aníbal Pinto, pero pronto se evidenció que no era apto para la salida de vehículos. En 1953 la Municipalidad intentó donar otro terreno, pero el proceso se frustró. Finalmente, en 1957, se concretó la compra de la casa de Antonio Figari Stagno, en calle San Antonio. Su valor total fue de dos millones de pesos, pagados en parte al contado. Esta infraestructura se convirtió, por primera vez, en el hogar institucional de Bomberos de Pichilemu.
Gracias a las gestiones del superintendente Alfio Magnolfi Vignolini y del abogado Guillermo Yori Luppi, el 20 de abril de 1953 el cuerpo obtuvo personalidad jurídica mediante el decreto firmado por el presidente Carlos Ibáñez del Campo. Esto permitió acceder a subvenciones y formalizar el funcionamiento interno.
El 18 de septiembre de 1951, Bomberos desfiló por primera vez en la avenida Ortúzar con sus flamantes uniformes. Más de 30 voluntarios participaron en una presentación que maravilló al público.

A partir de la década de 1970 comenzó un proceso de crecimiento institucional sostenido. Modesto Carreño fue superintendente entre 1970 y 1992, y en ese cargoimpulsó cambios fundamentales, como la profesionalización del servicio, la creación de la brigada femenina (1980), adquisición de carros y equipos, como el estanque Renault Camiva, y la compra de una camioneta para el cincuentenario.
En 1999 se fundó la Segunda Compañía de Cáhuil para dar cobertura al extenso sector sur de la comuna. Con 18 voluntarios en 2017, incorporó un carro forestal dos años antes, y adquirió un terreno para un futuro cuartel propio.
Con apoyo municipal se adquirieron cascos, trajes, un compresor, un furgón y otro vehículo para Cáhuil. También se proyectó la ampliación del cuartel central.
Resultado del trabajo de una brigada consolidada, en 2023 se estableció la Tercera Compañía de Bomberos de Pichilemu en Villa Mar Azul, en avenida Cáhuil, respondiendo a las necesidades del creciente sector sur-oriente. Ese mismo año se instaló la brigada de Cardonal, futura Cuarta Compañía, con 28 integrantes y dirección de Daniel Hidalgo Torres, surgiendo para mejorar la capacidad de respuesta en el sector norte rural.

El Cuerpo de Bomberos de Pichilemu celebra su 80.° aniversario con una historia hecha de sacrificio silencioso, de noches frías combatiendo incendios, de amaneceres entregando apoyo a familias sin hogar, de tardes atendiendo emergencias forestales, de compromiso verdadero. Aquella noche de 1945, cuando un gran incendio despertó al pueblo a la urgencia de organizarse, marcó el inicio de una tradición de servicio que ha acompañado cada generación hasta hoy.
Celebrar 80 años es también honrar a los voluntarios que dieron su vida, a quienes sirvieron por décadas, a quienes recién comienzan y a quienes sostienen el espíritu bomberil desde las brigadas. Los bomberos son, en esencia, un retrato vivo de la solidaridad de Pichilemu.
Hoy, al celebrar ocho décadas de vida, la reflexión que queda es profunda: los bomberos encarnan esa vocación de servicio desinteresado que inspira y convoca. Honrarlos es reconocer que, gracias a su entrega, Pichilemu es un lugar más seguro, más humano y más consciente de que el valor colectivo siempre nace del compromiso individual.

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Publicado el: Wed, 03 Dec 2025 16:05:00 +0000
En medio de la laguna Petrel se levanta la Isla de San Antonio o Isla de Petrel. Durante buena parte del siglo XX, su historia estuvo marcada por esfuerzos del municipio pichilemino por protegerla como un espacio público, y por una comunidad que, con el paso del tiempo, entendió su valor ecológico y cultural.
Las primeras referencias formales datan de 1946, cuando el alcalde de la época, Armando Caroca Rojas, informó a los regidores que había iniciado gestiones para que la isla pasara a manos municipales. Según se dejó consignado el 26 de octubre de 1946, estas conversaciones habían sido “muy bien encaminadas por el señor Guillermo Greene”, quien intervino ante las sucesiones Ortúzar y Suárez Mujica. Dos décadas más tarde, el regidor Héctor Greene Valverde volvería a insistir en la indefinición jurídica del islote: la sesión del 3 de diciembre de 1966 consigna que, al no figurar en la escritura de venta de la hacienda San Antonio de Petrel, él estimaba que la Municipalidad podía “tomar posesión de ella como bien de uso público”.
La presión por resguardar este espacio aumentó a fines de los años 60. El 5 de junio de 1968, el alcalde Carlos Rojas Pavez expuso la necesidad de conservar este lugar para el uso de la comunidad, recordando que la isla “es un lugar muy frecuentado en todo tiempo por el reposo y el agrado que se encuentra entre las plantaciones que lo adornan”. Pero también alertó sobre su deterioro: las plantaciones estaban siendo destruidas por “vecinos inescrupulosos”, lo que amenazaba una de sus “bellezas naturales más importantes”. Tras su exposición, el municipio declaró la Isla de Petrel de utilidad pública, acordó gestionar una ley de expropiación si fuera necesario y ordenó instalar un cartel que dijera: “Parque Dr. Suárez. Propiedad de la Municipalidad de Pichilemu”, a fin de resguardar el lugar.
Las discusiones continuaron durante 1968 y 1969. Las actas del 7 de agosto de 1968 señalan que el alcalde defendió el acuerdo municipal en base a que el antiguo propietario, el doctor Eugenio Suárez Herreros, había ofrecido donarla para paseo público. Un mes después, el 4 de septiembre de 1968, el administrador del fundo San Antonio de Petrel manifestó su disposición favorable a la donación, lo que fue confirmado en diciembre por el representante de la Sociedad Agrícola San Fernando: ya consideraban la isla como “bien raíz municipal”.

En julio de 1969, el municipio trató un nuevo problema: el robo de madera. Se acordó pedir a Carabineros investigar a quienes estaban “cortando árboles en el bosque”, para así evitar más daños. Finalmente, a inicios de 1970, el alcalde Rojas Pavez informó al Concejo que la Municipalidad era “actualmente la dueña de la Isla de Petrel”, aunque la donación no se formalizó por escrito en su momento. Ese proceso se completaría meses después: el 18 de noviembre de 1970 se autorizó iniciar los trámites legales, y en febrero de 1971 la Ilustre Municipalidad aprobó los pagos para obtener los títulos definitivos de la isla, “donada a la Municipalidad por la Sociedad Agrícola San Fernando”.
A partir de mediados de los años 90, el estatus jurídico de la Isla de Petrel volvió a convertirse en un tema de debate municipal. Aunque durante décadas se asumió su calidad de bien de uso público, surgieron nuevos antecedentes que reabrieron la discusión sobre su dominio real. En 1996, el seremi de Bienes Nacionales, Mauricio Salinas Escobar, declaró desconocer si la isla formaba parte del fundo San Antonio de Petrel y anunció gestiones para aclarar la situación. Al año siguiente, el Concejo Municipal examinó nuevamente la historia documental del islote: el 26 de junio de 1997, el concejal Washington Saldías presentó copias de actas de 1960 y otros antecedentes que reafirmaban la antigua tesis municipal de que la isla no figuraba en la escritura de venta de la hacienda, lo que habría permitido su posesión como bien público. Sin embargo, durante esa sesión otros concejales plantearon una realidad distinta.
Según lo expuesto, un juicio anterior entre José Miranda y un miembro de la familia Errázuriz había determinado que la isla era propiedad de Miranda. Además, se señaló que en las décadas previas tampoco se gestionaron títulos formales a favor del municipio, pese a que en los años 60 y 70 se actuó como si la isla ya fuese pública. Ello se volvió relevante cuando se informó que el antiguo regidor Héctor Greene habría vendido el fundo Las Mercedes —incluyendo la isla— a Carlos Catalán y José Miranda, y que estos últimos no pudieron inscribirla inicialmente por existir dudas sobre su pertenencia al fundo San Antonio. Finalmente, Miranda ganó el pleito.
Estas contradicciones llevaron al municipio a asumir una posición cauta. En mayo de 1997, se recomendó suspender cualquier procedimiento administrativo relativo a la isla hasta revisar los antecedentes históricos en poder del municipio. En julio, José Miranda solicitó formalmente que el municipio retirara un oficio enviado a Bienes Nacionales que había frenado la inscripción de dominio, argumentando que ello le generaba graves perjuicios personales. El alcalde informó al Concejo que no existían documentos sólidos que permitieran a la Municipalidad sostener una reclamación de propiedad. El asesor jurídico municipal, Ricardo Donoso, coincidió en que la ley es clara al establecer que la inscripción válida otorga propiedad, y recomendó priorizar un catastro completo de los bienes municipales —y de aquellos que presuntivamente podrían haber sido municipales— antes de seguir avanzando. El 10 de julio de 1997, el Concejo Municipal acordó por unanimidad retirar el oficio que impedía la inscripción, asumiendo formalmente que no existían títulos que acreditaran dominio municipal sobre la Isla de Petrel. En agosto de 1998, el Concejo continuó solicitando información a Bienes Nacionales, siendo esta la última ocasión en que figuran gestiones sobre la isla en las actas municipales.
En el siglo XXI, el valor ambiental del sector queda claro. La laguna Petrel fue por años receptora de aguas servidas, hasta que en 2009 la instalación de una planta de tratamiento permitió recuperar el humedal, facilitando el regreso de aves como flamencos chilenos, cisnes de cuello negro, cisnes coscoroba, taguas y gaviotas. La presencia de flamencos —una especie en categoría vulnerable— reforzó la urgencia de proteger a Petrel y su entorno.
Ese camino de recuperación culminó el 12 de agosto de 2021, cuando el Ministerio del Medio Ambiente anunció que el Humedal de Petrel era reconocido oficialmente como el primer humedal urbano de la región de O’Higgins. La autoridad destacó que este logro respondía al trabajo coordinado con la comunidad y a la demanda por resguardar un ecosistema frágil y valioso. Con ello, se abrió la posibilidad de nuevas herramientas de protección, ordenanzas y educación ambiental para cuidar este espacio que forma parte de la identidad pichilemina.
Hoy, la Isla de Petrel es un capítulo vivo de la historia local: un espacio por el que autoridades, vecinos y organizaciones han luchado por décadas; un refugio para aves y plantas que habitan el borde costero; y un símbolo del creciente compromiso de Pichilemu con la conservación de sus humedales. La isla, administrada por la Municipalidad desde hace más de medio siglo y protegida bajo la ley de humedales urbanos, recuerda la importancia de preservar la memoria natural del territorio. Un lugar que ayer fue disputado, hoy es valorado; y que mañana seguirá siendo parte esencial del patrimonio ambiental de la comuna.
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Publicado el: Tue, 02 Dec 2025 03:11:38 +0000
Cada 30 de noviembre, el pequeño y apacible pueblo de Ciruelos se transforma. Su calle, habitualmente silenciosa, se llena de miles de feligreses que llegan desde distintos rincones de la provincia Cardenal Caro y de sectores rurales de la costa para honrar al apóstol San Andrés, patrono de la histórica parroquia erigida en 1864. Es una devoción que ha sobrevivido más de un siglo y medio, profundamente arraigada en la vida comunitaria, en la memoria local y en la identidad de un territorio marcado por la fe y la tradición.
La figura de San Andrés,según recuerda el cronista pichilemino José Arraño Acevedo, remonta su veneración en esta zona a una unión casi providencial entre historia, linajes y decisiones pastorales. El apóstol, crucificado en una cruz en forma de aspa en Grecia, fue declarado patrono de Escocia en el año 747, cuando el rey Gangus trasladó sus reliquias desde Bizancio. Aquella devoción escocesa, custodiada por el clan Ross, encontró eco siglos más tarde en la naciente parroquia costina de Cáhuil, cuyo territorio abarcaba a Pichilemu. Y no es casual: Agustín Ross Edwards, creador del balneario pichilemino, era descendiente de ese mismo clan.

Cuando en 1854 el arzobispo Rafael Valentín Valdivieso recorrió la zona y decidió elevar la viceparroquia a parroquia de Cáhuil —con sede en Ciruelos—, escogió a San Andrés como protector de la nueva comunidad. Lo hizo, posiblemente, considerando que gran parte de sus habitantes vivían de la pesca, tanto en el océano Pacífico como en la laguna de Cáhuil. Diez años después, el 30 de noviembre de 1864, el prelado fijó los límites parroquiales y dejó oficialmente bajo el amparo del apóstol a los fieles de la costa pichilemina.
Uno de los episodios más entrañables de esta historia es la llegada de la imagen de San Andrés al pueblo. El primer párroco, Pedro Aguilera, consultó en misa qué color debía tener la túnica del santo que sería encargada a Europa. Tras un breve silencio, un feligrés respondió: “¡Cardenillo, señor Cura!”, refiriéndose al color de la flor del cardo que abundaba en la zona. Así llegó la efigie de cartón piedra, probablemente desde España, desembarcada en Valparaíso y luego trasladada por tren hasta Pelequén. Desde allí, un grupo de vecinos la llevó en andas por diversos poblados hasta Ciruelos, pernoctando en casas del recorrido y anunciando el arribo del nuevo patrono.
En ese trayecto ocurrió uno de los hechos más recordados, bordeando la leyenda: la romería hizo su última parada en la hacienda San Antonio de Petrel, donde vivía José María Caro Martínez. Su esposa, Rita Rodríguez Cornejo, embarazada, se arrodilló ante la imagen y rogó que, si su hijo nacía varón, fuese llamado al sacerdocio. Aquel niño sería José María Caro Rodríguez, el primer cardenal chileno. La tradición oral mantiene vivo este episodio, plasmado en versos como los que rescata Antonio Álvarez Gaete: “Se lo ofrezco a mi Señor / si nace un hijo varón / que se lo quede pa’ Él”.

Hoy, esa historia se entrelaza con la identidad de Ciruelos, que cada año revive una de las celebraciones religiosas más antiguas y concurridas de la región. La vieja callejuela del villorrio se desborda de vendedores, visitantes, devotos y familias que llegan a pagar mandas, acompañar la procesión y agradecer favores. La imagen de San Andrés vuelve a salir del templo, como lo ha hecho desde el siglo XIX, para recorrer el pueblo entre rezos, cánticos y tradiciones que se han transmitido de generación en generación.
En un tiempo en que se ha perdido la devoción religiosa, la fiesta de San Andrés en Ciruelos se mantiene fuerte, auténtica y cargada de memoria. Es un encuentro con la fe, pero también con la historia común de la provincia Cardenal Caro, un territorio donde las raíces rurales y la religiosidad popular siguen marcando el pulso de la vida cotidiana.
Este 30 de noviembre, Ciruelos nuevamente se iluminó: no solo por la devoción a su santo patrono, sino por el orgullo de preservar una tradición que ha acompañado a su gente durante más de 160 años.

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Publicado el: Mon, 24 Nov 2025 16:08:00 +0000
A 18 kilómetros al sur de Pichilemu, en medio del paisaje rural que caracteriza a la zona, se encuentra Pañul, una localidad que guarda una de las tradiciones más antiguas y únicas de la provincia Cardenal Caro: la alfarería en arcilla de Pañul. Allí, María Jorquera trabaja cada día en un arte que considera no solo un oficio, sino parte esencial de su vida.
Su emprendimiento familiar, Artesanías en Arcilla Los Troncos, es un verdadero taller vivo. En él participan su hija y sus nietos, quienes comparten cada etapa del proceso: la compra y remojo de la arcilla, el moldeado, el secado al sol, el pulido y, finalmente, el horneado.
Para María, esta labor es motivo de orgullo. “Toda mi vida esta es mi tierra, la amo mucho. Estoy contenta donde vivo y orgullosa. Todo el día doy gracias a Dios de estar donde estoy y tener un trabajo”, comenta emocionada.
La tradición alfarera de Pañul destaca por el uso de una arcilla fina, especial, que requiere un proceso detallado antes de convertirse en piezas utilitarias o decorativas.
María lo explica con la naturalidad que da la experiencia: “La arcilla está bajo la tierra, es un mineral. Aquí todas nuestras tierras son arcillosas, pero igual uno tiene que comprar la arcilla porque está inscrita, como cualquier mineral. Aunque esté en mi terreno, igual debo comprarla… así es Chile”, dice entre risas resignadas. La arcilla se mezcla con agua, sal y caolín, un mineral que ella compra en Litueche. “El caolín es para darle resistencia a la pieza, para que quede de mejor calidad”, detalla.
El proceso es minucioso: la arcilla se cuela primero en un cedazo y luego en una media (panty) para asegurar que quede libre de arena o piedras. “Si suena algo raro cuando pulimos, buscamos la piedrita con la punta de un cuchillo y la sacamos. Es un trabajo fino, muy minucioso”, afirma.

En el taller abundan moldes de yeso creados por la propia familia. Allí se vierte la mezcla líquida de arcilla, que con el paso de las horas se adhiere a las paredes internas del molde. “El molde cumple la función de armar la pieza. Usted no tiene que meter las manos, la pieza se hace sola. Se empieza a endurecer por los costados y cuando ya está, uno lo vacía y queda la figura hecha”, explica mientras desmolda cuidadosamente un pequeño pez de arcilla.
Luego viene el secado, completamente dependiente del clima: “El sol manda”, dice María. Y si bien en verano las piezas están listas en un día, en invierno el trabajo se vuelve casi imposible.
Si algo caracteriza a la arcilla de Pañul es su acabado suave y brillante, resultado de un trabajo manual casi ritual. Cada pieza se lija y se pule con piedra, una a una, durante varias horas. “Hacer las piezas es rápido, pero el pulido es lo engorroso. Cuesta mucho pulir para dejarlo bonito. No es fácil”, comenta mientras muestra las herramientas que usa a diario. El resultado es una cerámica firme, fina, de un color característico y profundamente identitaria de Pañul.

María reconoce que este trabajo la ha sostenido, no solo económicamente, sino emocionalmente. Ha sido la forma de permanecer en su tierra, de criar a sus hijos y nietos, y de construir un emprendimiento familiar del cual sentirse orgullosa.
“Aquí en el campo antes no había trabajo, por eso la gente se iba a la ciudad. Pero yo estoy feliz. Trabajo con mi hija y mis nietos… contenta de hacer lo que hago y más todavía de que vengan a verme y conocer mi trabajo.”
La tradición alfarera de Pañul vive gracias a personas como María Jorquera: mujeres que transforman la tierra en arte y que mantienen encendida una de las expresiones culturales más relevantes de la provincia.
En 2023, reconociendo la labor de los artesanos de Pañul, el Instituto Nacional de Propiedad Industrial (INAPI) reconoció a la Agrupación de Ceramistas de la zona con la denominación de origen a la cerámica local por ser “única en su clase”.
Y mientras el horno de la señora María calienta y sus manos moldean, Pañul sigue escribiendo su historia en arcilla.

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Publicado el: Thu, 20 Nov 2025 16:11:10 +0000
La figura del cardenal José María Caro Rodríguez ocupa un lugar central en la historia religiosa de Chile. Fue un hombre de profunda fe, un pastor cercano y un referente intelectual para la Iglesia del siglo XX. Pero detrás de su influente trayectoria existe un origen humilde, profundamente ligado al mundo rural de la antigua Colchagua. Ese origen se encuentra en la comuna de Pichilemu, en un sector conocido como Los Valles, parte de la histórica Hacienda San Antonio de Petrel.
José María Caro Rodríguez nació el 23 de junio de 1866 en Los Valles, aunque esta fecha se conoce gracias a un escrito de su padre, pues el párroco de Ciruelos no registró el día exacto del nacimiento. Lo que sí quedó asentado fue su bautizo: el 15 de noviembre de ese año, en la capilla de San Antonio, ubicada dentro de la misma Hacienda de Petrel, jurisdicción de la Parroquia de San Andrés de Cirujanos.
En su autobiografía, el cardenal describe con cariño el lugar donde vio la luz por primera vez: “La mejor posesión de toda la Hacienda de San Antonio de Petrel… con árboles frutales, caudalosas acequias, una llanura para pasto y chacras, y cerros para la crianza de ovejas.” Ese paisaje resume el espíritu de la vida rural colchagüina del siglo XIX: extensas haciendas, agricultura de subsistencia, crianza ganadera y comunidades unidas por el trabajo, la fe y la familia.
El hogar de los Caro Rodríguez era sencillo, pero impregnado de religiosidad. La familia completa rezaba el rosario cada tarde, sin importar si había visitas; la caridad y la hospitalidad eran costumbres arraigadas; y la cercanía con la parroquia de Ciruelos marcaba el ritmo espiritual del día a día.
El primer varón después de varias hermanas, el pequeño José María fue recibido con particular alegría. Un detalle familiar, casi anecdótico, refleja la expectativa de la época: la matrona, al asistir el parto, habría dicho simplemente: “Obispo”, al ver que por fin nacía un hijo hombre. Un gesto que, visto desde la historia, parece adquirir tintes de premonición.
La infancia del futuro cardenal transcurrió entre su casa natal y la de sus abuelos paternos, ubicada en Nuevo Reino. Sus abuelos, profundamente religiosos, reforzaron la vida espiritual que marcó su formación desde niño. El cardenal recuerda que jamás se dejaba de rezar el rosario y que las misas dominicales eran ineludibles, aunque para asistir hubiera que recorrer largos trayectos a caballo.
Este ambiente piadoso, unido al contacto cotidiano con la tierra y el trabajo rural, sembró en él valores que lo acompañarían por toda su vida: disciplina, humildad, sentido de servicio y una fe firme y confiada.

En sus memorias, Caro relata episodios de su niñez en los que, según su mirada adulta, la Providencia lo protegió de accidentes que pudieron ser graves. Uno de ellos ocurrió cuando un trabajador lo llevaba a caballo, y su madre pidió tomarlo en brazos justo antes de que el animal del trabajador cayera en una cueva de quique. En otra ocasión, un tío lo subió a un caballo ensillado como muestra de cariño, pero los perros espantaron al animal, que escapó hacia una quebrada. El niño cayó, pero sin lesiones graves.
Para él, estos episodios eran señales de un acompañamiento divino desde sus primeros días, testimonios íntimos de cómo Dios —según su propia interpretación— guiaba su historia incluso antes de que él fuera consciente.
En 1973, al crearse el nuevo departamento Cardenal Caro, dentro de la provincia de Colchagua, los congresistas y el entonces presidente Salvador Allende pretendieron rendir homenaje a la figura que no sólo dejó huella en la Iglesia, sino también en el alma de la zona que lo vio nacer. El nombre reconoce ese vínculo profundo entre el territorio y la persona: José María Caro no sólo nació en Pichilemu; su identidad, su vocación y parte esencial de su camino espiritual nacieron allí mismo, en Los Valles.
Más adelante, el proceso de regionalización suprimió el departamento pero, en 1979, el régimen decretó la creación de la provincia Cardenal Caro, parte de la nueva VI Región del Libertador General Bernardo O’Higgins, reavivando el homenaje simbólico al cura pichilemino.
Hoy, cuando el nombre del Cardenal Caro está asociado a escuelas, calles, instituciones, un decanato católico y a una provincia completa, vale la pena volver al origen y reconocer la fuerza simbólica de ese pequeño rincón rural. Los Valles es pieza fundamental de la historia espiritual de Chile. Desde la tierra de Pichilemu salió un niño que, con el paso de los años, se convertiría en el representante más alto de la Iglesia en nuestro país.
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Publicado el: Fri, 14 Nov 2025 16:12:25 +0000
En los alrededores del apacible pueblo de Ciruelos, en Pichilemu, existió una vivienda modesta, hoy derruida, que guarda entre sus ruinas la memoria de una de las figuras más relevantes de la historia católica de Chile: el cardenal José María Caro Rodríguez, primer cardenal de la Iglesia chilena. Allí pasó su infancia, bajo el cuidado y la influencia de sus abuelos Pedro Pascual Caro Gaete y Cayetana Martínez Ríos.
Según el propio cardenal, la casa estaba “situada en [las cercanías del] caserío llamado Ciruelos, al oriente del cerco de la parroquia… La distancia de casa, en la ‘Quebrada de Nuevo Reino’ o simplemente ‘Quebrada’, es de una legua, más o menos”. Aquel entorno rural, marcado por los cerros y quebradas, fue el escenario donde transcurrieron sus primeros años, entre la sencillez y la profunda religiosidad de su familia.

El hogar de los abuelos Caro-Martínez era un ejemplo de la vida campesina de mediados del siglo XIX. La alimentación era sana y abundante, como recordaba el propio José María Caro: “En el campo, en aquellos tiempos, al menos, la comida era sana y suficiente: buen pan de trigo, buena leche, harina de trigo tostado; no faltaba la carne de vaca, de cordero o de chancho y de aves; se vivía a lo pobre, pero bien.”
La rutina era austera. Escaseaban los aperos y, como relató el futuro cardenal, los desplazamientos se hacían muchas veces a pie, llevando por comida solo un par de tortillas para el almuerzo. Pese a las limitaciones materiales, la vida en el campo estaba marcada por el esfuerzo y la dignidad.
Entre los recuerdos más vívidos de su niñez, Caro evocaba con cariño la pasión de su abuelo por la tierra: “El abuelo era apasionado por tener árboles frutales; plantó dos pequeños huertos, de uno de los cuales logré poca fruta; el otro era una plantación de duraznos de distintas clases.” Aquellos huertos, sembrados con paciencia y esmero, reflejaban la profunda conexión de la familia con la naturaleza, una herencia que marcó al pequeño José María en su amor por lo sencillo y lo esencial.

En la casa reinaban el respeto, la fe y el cariño familiar. “El abuelo me inspiró un grande respeto, no sólo por el señor Cura, el Subdelegado, el Juez, sino también por los hombres casados. El que antes de casarse era solo fulano de tal, una vez casado llevaba el título de señor. […] Esas lecciones de respeto no las he olvidado en la vida: corresponden a la enseñanza que nos da San Pablo, de que rindamos honor a quien se lo debamos”.
Caro recordaba que la severidad del abuelo con sus hijos contrastaba con la ternura que mostraba hacia sus nietos: “La experiencia muestra la verdad de este dicho: ‘los abuelos que han sido muy severos con sus hijos, son muy querendones con sus nietos’.”
La religiosidad era el centro de la vida familiar. Aunque enfermo de las piernas, el abuelo nunca faltaba a misa dominical, y en casa “jamás se dejaba de rezar el rosario después de la comida”. En la pieza principal, siempre había “un crucifijo y una imagen de Nuestra Señora del Carmen, ante la cual se encendía una vela los sábados”.
La educación también era un valor fundamental. José María aprendió a leer y escribir gracias a su hermana Rita, quien le enseñó el silabario en casa, antes de asistir a una escuela formal.
Hoy, de aquella casa familiar solo quedan murallas deterioradas. Sin embargo, su memoria sigue viva como símbolo de las raíces humildes y profundas del primer cardenal de Chile. En sus muros de adobe y en los huertos que una vez florecieron, se entrelazan la historia, la fe y el espíritu del campo cardenalino: un testimonio del Chile rural que forjó la grandeza de sus hijos.

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Publicado el: Wed, 05 Nov 2025 05:22:00 +0000
Pichilemu vivió una jornada llena de alegría, ritmo y color con el Carnaval Ciudadano organizado por la Escuela de Carnavales Son da Costa, que este año celebró su undécimo aniversario reuniendo a decenas de comparsas, batucadas y agrupaciones artísticas provenientes de distintas comunas del país.
El evento —realizado el 1 de noviembre de 2025— recorrió las principales calles del centro del balneario entre tambores, disfraces y baile, transformándose en una verdadera fiesta comunitaria que llenó de energía la ciudad. Todo esto, en un contexto en que no se realizó la tradicional Fiesta de la Primavera, suspendida por el municipio encabezado por el alcalde Roberto Córdova, que atribuyó la decisión a supuestos recortes presupuestarios.
Lejos de apagarse, el espíritu festivo local encontró en Son da Costa un espacio de autogestión, arte y participación ciudadana. Vecinos, artistas, turistas y familias se sumaron al pasacalle que avanzó por avenida Ortúzar, Aníbal Pinto, Ross y Errázuriz hasta llegar a la plaza Arturo Prat, demostrando que la cultura popular sigue viva en Pichilemu gracias al esfuerzo colectivo.
“El carnaval lo hacemos todos”, fue el lema que inspiró la convocatoria, invitando a los pichileminos y visitantes a bailar, celebrar y expresarse libremente. Con apoyo voluntario de comerciantes y vecinos, la organización logró financiar colaciones, hidratación y logística para los cientos de artistas participantes, consolidando esta actividad como una de las expresiones culturales más significativas de la comuna.
Pichilemu volvió a bailar —no por decreto ni presupuesto— sino por pura convicción y amor por la cultura.
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Publicado el: Thu, 09 Oct 2025 00:51:51 +0000
La madrugada del 6 de octubre de 1988 encontró a Chile en una expectación contenida. El día anterior, millones de ciudadanos habían acudido a las urnas en el histórico plebiscito que definiría la continuidad del régimen militar de Augusto Pinochet o la apertura hacia un camino democrático. En la provincia Cardenal Caro, como en gran parte del país, la jornada del 5 de octubre estuvo marcada por la masiva participación, un ambiente de civismo y el silencioso pulso entre las opciones Sí y No.
Los resultados provinciales fueron estrechos, pero significativos: el No obtuvo 11.181 votos frente a 11.118 del Sí, con 294 votos blancos y 230 nulos. De los 23.821 electores inscritos en Cardenal Caro, participaron 22.823, una cifra que revela el carácter excepcional de aquella jornada. Por comunas, Navidad, Paredones y Pichilemu optaron por el No, mientras que Litueche, La Estrella y Marchigüe se inclinaron por el Sí.
En Pichilemu, la balanza se inclinó también hacia la opción contraria a la continuidad de Pinochet. Según los registros oficiales, el No obtuvo 3.154 votos frente a 3.001 del Sí, con 73 votos blancos y 92 nulos. Participaron 6.320 personas de un total de 6.668 inscritas. Las mujeres dieron mayoría al Sí (1.538 contra 1.275), mientras que los varones fueron determinantes en el triunfo del No (1.879 contra 1.463).
La mañana del plebiscito comenzó temprano en Pichilemu. Al igual que en todo el país, el acto se desarrolló “en general, tranquilo, ordenado”, como consignó el periódico local Pichilemu en su edición de noviembre de 1988. Sin embargo, no estuvo exento de dificultades logísticas.
El local de votación de mujeres, ubicado en la Pista Municipal, resultó “inapropiado para que sufragaran las mujeres”, produciéndose aglomeraciones que dificultaron el acceso. La solución vino de manera espontánea: “alguien dio la iniciativa de colocar en cartón el número de cada mesa, nueve en total, identificando a cada fila fuera del local”, lo que permitió ordenar el ingreso paulatino.
En la Escuela E-367, donde votaban los hombres, la situación fue distinta: largas filas, pero sin desórdenes. Uno de los episodios más comentados de la jornada lo protagonizó el empresario Francisco Javier Errázuriz, inscrito en Pichilemu. Llegó a la mesa número 9 “sin hacer la fila, pero fue conminado a que la hiciera”. Luego intentó votar presentando solo su carné electoral, sin su cédula de identidad, que había olvidado en Santiago. Solo pudo sufragar minutos antes del cierre, cuando un piloto de su avión la trajo desde la capital exclusivamente para ese propósito.


Durante la tarde, la expectación creció a medida que se desarrollaban los escrutinios. Vecinos y vecinas se agolpaban en cada mesa para conocer los resultados parciales. “Muchos quisieron saber por sí mismo quién ganaba en la mesa en que cada uno había votado”, narraba la crónica local.
En las mesas de mujeres, el Sí prevaleció en la mayoría: 1, 2, 3, 4, 5, 7 y 9. El No triunfó en las mesas 6 y 8. En cambio, en las mesas de varones el panorama fue claramente opositor: el Sí ganó solo en la mesa 1; en las diez restantes, el triunfo fue para el No. Las reacciones fueron inmediatas: “Por un lado la alegría y satisfacción y, por otra, el desencanto y desilusión”, se leía en la edición.


Tres días después, el sábado 8 de octubre, la ciudad balneario fue escenario de una celebración inédita y multitudinaria. Al caer la noche, cientos de personas confluyeron en la esquina de avenida Ortúzar con Manuel Montt, frente a la casa del Comando del No, para festejar el resultado.
El acto, que se extendió por casi tres horas, comenzó cuando un camión —decorado con los colores del arcoíris, símbolo de la campaña— se estacionó atravesando la calle, portando una gran bandera chilena. Sobre el vehículo se montó un escenario improvisado con equipos de sonido. Artistas locales, grupos musicales y solistas animaron la velada, que fue intercalada con discursos de dirigentes juveniles y políticos opositores.
Miguel González Carvacho, militante del PPD, declaró: “El derrotado aquí fue el general Pinochet, no las Fuerzas Armadas ni los partidarios que lo apoyaron”. Recordó un gesto que conmovió a muchos esa jornada: “La primera felicitación que recibí el día del Plebiscito, cuando quedó claro que también en Pichilemu habíamos ganado, fue el abrazo de un uniformado. Sí, fue del oficial encargado del contingente en el local de votación de mujeres”.
Sonia Cordero (PPD) y Victoria Romero (PDC) agradecieron la participación ciudadana y llamaron a las mujeres a involucrarse activamente en la etapa política que se abría. Hernán Garrido Salas (PDC) habló de “una puerta para reivindicaciones de los trabajadores y un futuro con más posibilidades para la juventud”, mientras que Jorge Vargas González, entonces dirigente estudiantil pichilemino, posterior alcalde DC, hoy consejero regional por la UDI, de derecha, hizo un llamado a la autonomía local: “No podemos permitir que nos designen a las autoridades. Acá y afuera, nosotros los pichileminos tenemos a gente capacitada para asumir responsabilidades y somos nosotros quienes tenemos que elegirlos”.
El acto concluyó en calma, sin incidentes, marcando un hito en la vida pública local tras quince años de régimen autoritario.







El resultado no fue bien recibido en sectores partidarios del Sí. El alcalde René Maturana, autoridad designada en el cargo, manifestó su “profunda extrañeza” por el resultado en la comuna, que a su juicio no reflejaba la “serie de realizaciones efectuadas por el gobierno”.
“Aquí se ve que no hay un sentimiento de gratitud, no se valora la serie de realizaciones efectuadas por el gobierno, puesto que no sólo aquí se ha invertido cualquier cantidad en obras que antes ningún otro gobierno ni políticos hicieron nada por realizarlas”, declaró.
Maturana sostuvo que influyeron otros factores, como el voto de trabajadores provenientes de otras regiones y el temor a cambios políticos. Incluso señaló que “hay gente que votó no y que me ha dicho que están arrepentidos y que hoy sienten temor que lo conseguido se estanque”.
Otros partidarios del Sí hicieron sus propios análisis. Un comerciante local había pronosticado semanas antes una victoria aplastante, incluso cifrando el resultado en “72% en el mejor de los casos, 56% en el peor”. Tras la derrota, reconoció su sorpresa. Fernando Espinoza Polanco, dirigente juvenil del Comité por el Sí, atribuyó parte de la caída al descontento por los bajos salarios agrícolas y forestales en las propiedades de Francisco Javier Errázuriz y a la frustración de cientos de familias sin casa, que se habían inscrito en un proyecto habitacional que nunca se concretó.
La jornada pichilemina fue observada por figuras internacionales, entre ellas el senador español Francisco Pozueta Mate, del Partido Nacionalista Vasco, autodefinido como anticomunista. Invitado por el dirigente local Mario Bichón, Pozueta quedó “tremendamente encantado por el clima de convivencia y tolerancia” entre partidarios de ambas opciones.
El parlamentario destacó el saludo cordial y recíproco entre pichileminos, independiente de su postura política, y se mostró sorprendido por la civilidad del proceso.
La editorial del periódico Pichilemu de noviembre de 1988 resumió el espíritu de la jornada:
“El 5 de octubre pasado la ciudadanía de nuestro país, conformada por más de 7 millones de chilenos electores, pudo manifestar —tras 15 años de gobierno militar— su decisión soberana en las urnas en forma secreta e informada, con el respaldo de vocales de mesa y, sobre todo, de apoderados que dieron garantías del desarrollo normal del proceso. […] En una jornada ejemplar, la mayoría ciudadana expresó su sentir y voluntad; optando por la alternativa que permitirá a todos los ciudadanos elegir a un Presidente de la República en elecciones abiertas con más de un candidato”.
Para Pichilemu y la provincia Cardenal Caro, aquel día no fue solo un hito nacional, sino también una demostración de civismo local, de tensiones políticas en terreno y de un despertar comunitario tras años de silencio forzado. En sus calles, en las filas frente a las urnas y en las celebraciones nocturnas, se respiró la sensación de que algo histórico estaba cambiando.
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